Manjares de los bosques de Guadalupe.

Si la gastronomía extremeña es bien conocida por el producto que emana de sus bosques adehesados y que contienen el apellido “ibérico”, las líneas de hoy estarán dedicadas a productos procedentes de otros bosques con menor intervención de la mano del hombre y pocos andares de pata negra.

Basta mencionar el nombre de Guadalupe para hacerse a la idea de que no nos encontramos en un pueblillo de cuatro casas mal puestas. Esta villa cacereña, alberga numerosas maravillas, empezando por su estupendo monasterio franciscano, declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con una sacristía especializada en dejar a los visitantes con la boca abierta y con obras del excelente Zurbarán; la hospedería y su claustro capaz de transladarnos a la corte de Isabel la Católica; y sus montes repletos de castaños que, dada la época de la visita, entrado el otoño, ofrece una esfera que bien podría haber inspirado al pincel del gran Camile Pissarro. Un marco incomparable que provee, por otro lado, de excelentes viandas. Antes de tomar en Navalmoral la carretera que se dirige hacia esta localidad de Las Villuercas extremeñas ya nos advertía un vecino: cuidado con los ciervos. Y al final nos topamos con ellos, pero en la mesa del hostal Cerezo, en plena plaza del pueblo, en forma de lomitos de “venao”, plato que aunque excesivamente condimentados, proporcionaban una excelente sensación de astringencia (si señor, como un buen vino) y ofrecían un sabor muy natural.

DSC_0171Además de las carnes de caza, los castañares y pinares de la zona abastecen de numerosos hongos a los aficionados a su recolecta. Así, los boletus, casi recién cogidos del monte pusieron el broche otoñal a la comida. He de decir que no he probado jamás unas setas tan exquisitas. Cocinadas con algunas especias (puede que anís y hierbabuena, ya que la artista de los fogones no quiso compartir su secreto) fue un toque superior en el menú.

DSC_0173Así, el postre siguió en sintonia con los productos de la zona. Dada la notoria presencia del nogal, cultivo en auge en Extremadura, el postre no podía estar compuesto de otra cosa, con permiso de las castañas, que de nueces. Puede ser que se me tache de garrulo, pero jamás había oído hablar del perfecto de nueces. Un helado con pedazos de este fruto seco que a los locos del dulce no les puede dejar indiferente. Posteriormente, y para culminar, el viajero puede ser obsequiado con un trago de licor del mismo origen para ayudar con el trámite de la digestión.

 En fin, que uno, que es extremeño siempre está contento de andar por casa, y si encima se le sorprende con productos tan naturales, sacados de rincones de España tan pocos alterados y con el saber hacer de los lugareños, no puede dejar de decir aquello de que Extremadura es la gran desconocida y añadir que se guarde ese encanto, que la hace única.

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