Cocido Madrileño… una experiencia religiosa

Qué fácil es echar de menos Madrid… Con sus muchas miserias y grandezas, es una ciudad con una atmósfera especial, y con una oferta cultural y de ocio tan extensa como viva, siempre en evolución y siempre sorprendiendo. La gastronomía madrileña es un fiel reflejo del carácter cosmopolita de la capital y su rica historia: cocina de todos los puntos de España y del extranjero, cocina de autor y las muy madrileñas tapas no quitan protagonismo a los tradicionales tesoros made in Madrid. De todos ellos, un servidor siempre ha sido un firme y devoto defensor: los contundentes y sabrosos callos, el placer que da mojar con pan en unos buenos caracoles, los sorprendentes entresijos y gallinejas… Pero había una espina clavada, mi sonrojantemente escasa afición por el plato madrileño por antonomasia: el cocido.

La danielaComo esto no podía seguir así, acogí con gran expectación el plan navideño de disfrutar de un clásico cocido en uno de los lugares con solera de Madrí: la Taberna “La Daniela”, en la calle Cuchilleros. Si este cocido no lograba convencerme, no habría redención posible para mí. Nada más entrar, quizá fuera por el vermut de barril previo o por la atmósfera, se me erizó el vello de los brazos y supe que, a pesar del previsible e inevitable sablazo a mi cartera, no olvidaría jamás esa experiencia gastronómica. Tras colocarnos las curiosas servilletas en forma de babero, que eran un buen antecedente de que acabaríamos saciados en cuerpo y alma, llegó la sopa. Fideos al dente y un sabor increíble, es difícil llegar a probar algún día una sopa mejor. No faltaron los clásicos acompañamientos: guindillas, cebollitas en vinagre, y salsas de tomate y romescu. A continuación, llegaron los otros dos vuelcos (como Dios manda): las verduras (unos garbanzos en su punto, patatas, los rellenos de pan, zanahorias y repollo) y la carne (morcilla, chorizo, gallina, morcillo, tocino y la caña con su tuétano…). El bocado simultáneo del exquisito tocino con la patata cocida hace que aún me recorran escalofríos por el cuerpo. Lógico, este cocido lleva marcado a fuego el sello de la tradición y el cariño: no en vano comienza a prepararse a las 7 de la mañana, cada día y desde hace décadas. Y todo ello regado con un buen Rioja… Como para no vencer mi humilde resistencia.Exif_JPEG_PICTURE

El excelente servicio y la abundante cantidad (incluso nos trajeron más sopa para acompañar a los otros dos vuelcos) contribuyeron, sin duda, al imborrable recuerdo. Este cocido logró su objetivo: me dejó en paz con mis raíces, devolvió la fe al hereje y fue una auténtica experiencia mística casi al nivel de los éxtasis de San Juan y Santa Teresa. Si alguno de vosotros es como yo, aún estáis a tiempo de convertiros: la experiencia del cocido madrileño no decepciona. Además de “La Daniela”, hay muchos lugares con fama y solera (Lhardy, Carola, La Bola, El Charolés-en El Escorial-…). Espero que mi nueva fe me lleve de peregrinación por todos estos templos, siempre en buena compañía, por supuesto… ¿Alguien se apunta?

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