El chorizo, demagogo del cocido

Imposible leer esto sin desear de inmediato ponerse un babero y degustar el guiso por antonomasia de la gastronomía nacional.

Vicente Blasco Ibáñez, Arroz y Tartana:

“¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las nubes de grasa, y entre las rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillos de la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcos hígados, que se deshacían al entrar en la boca.

A continuación salió el cocido, dos fuentes magníficas que exhalaban un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo del estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones garbanzos, sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza; la col, que se deshacía como manteca vegetal; los nabos blancos y tiernos, con su olorcillo amargo; y en la otra fuente, las grandes tajadas de ternera, con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón como gelatina nacarada; la negra morcilla reventando para asomar sus entrañas al través de la envoltura de tripa y el escandaloso chorizo, demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el ardor de un discurso de club”.

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